viernes, 22 de abril de 2011

BYE BYE, MR CHANCE


Lo mejor del mundo lo han hecho siempre los diletantti, los que hacen las cosas por deleite, por amor, y no por obligación o rutina”. Gregorio Marañón.

En mi época de opositor (¡qué lejos queda!), yo frecuentaba la biblioteca buscando el silencio y la concentración, no los libros. Llegaba cargado con los apuntes, con rotuladores marcadores fluorescentes, una botella de agua mineral, chicles y un folio con una tabla de programación, donde llevaba marcados los temas que tenía que memorizar en cada sesión. Me sentaba allá donde encontraba sitio y compartía mis silencios con el de otro centenar de estudiantes, algunos universitarios, unos pocos escolares, y supongo que un puñado de otros opositores a los que odiaba silenciosamente deseando que se presentaran a otros “cuerpos”, a otras “especialidades” o a otras convocatorias diferentes a la mía.

Un día levanté la cabeza de entre los temarios que me ocupaban y observé la sala. Un minuto después me pregunté si aquello era una sala de estudio o una biblioteca propiamente dicha. Sólo un hombre de mediana edad leía un libro. Todos los demás “opositábamos”. Bueno, vale, había una pareja de enamorados haciendo -con sus apuntes y bolígrafos, con sus manos, con sus miradas, con sus labios- de todo menos estudiar, pero eran una excepción. Sólo aquel caballero leía. ¿Qué leía? Me levanté y me acerqué disimuladamente para ver qué libro era. Dumas. El Caballero de Harmental.

Desde entonces, en cada una de mis visitas realizaba el mismo escrutinio. Y casi a diario (pocas veces no coincidíamos) allí estaba el caballero a quien bauticé  (¿por qué será?) Harmental. Claro sólo mi diálogo interno lo llamaba así. Harmental siempre estaba leyendo novelas. Pocas veces lo sorprendí leyendo otra cosa que no fueran historias. Nunca, más bien. Ni ensayos, ni poesía, ni prensa, sólo novelas. Pero lo más sorprendente no era el género que leía, sino que siempre estaba sentado en la misma mesa, en el mismo asiento. Llegaba con su libro en la mano después de recogerlo de la estantería y se sentaba a leer durante horas. Cuatro horas. Siempre cuatro horas. Cuatro horas, ni una más ni una menos.

Me fascinaba lo puntual, lo metódico (la parsimonia con que pasaba las páginas, el ritmo acompasado de su respiración, cómo depositaba el libro en la mesa cuando se ausentaba unos minutos en los servicios...), lo pulcro que era. Y comencé a madrugar para coger sitio de los primeros, siempre muy próximo a su sagrada ubicación.

Al principio no intimamos mucho, pero con el tiempo él me saludaba sonriendo cada mañana, y poco después comenzó a hacerlo con un buenos días, y más adelante me preguntó que qué estudiaba, y meses después salíamos de la biblioteca a la misma hora. Y poco a poco fuimos conociéndonos ajenamente (sin saber nunca nuestros nombres). Y con el tiempo supe que era un hombre asqueado del mundo que se refugiaba en la lectura para evadirse de un oscuro pasado que nunca me confesó pero que yo podía intuir en su melancólica conversación. Y cuando yo le pregunté si no creía más útil intentar ocupar su vida en otras ocupaciones que no fuera la simple y rutinaria (¡diaria y cronometrada!) lectura de novelas, él me contestó:

- ¿Rutina? ¿Cómo crees que viven la mayoría de los que nos rodean? Inmersos en la rutina, no lo dudes. Yo sí he vivido una vida real insulsa y rutinaria. Ahora vivo miles de vidas falsas, pero apasionantes.

Y yo suspendí la oposición. Algo tendría que ver el hecho de que comenzara a dividir mi tiempo de permanencia en la biblioteca en dos partes simétricas: estudio de los temarios y lecturas de novelas.

Harmental, a quien rebauticé con el tiempo como Mr Chance recordando una película de finales de los 80 que me impresionó, desapareció un día y yo sentí que mis visitas a la biblioteca ya no eran lo mismo. Porque su presencia era parte integrante de la misma.

¿Dónde estás Mr Chance?

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