martes, 6 de abril de 2010

ENSEÑANDO AJEDREZ 2: CLASES MAGISTRALES

"El Maestro ciruela, que no sabe leer y pone escuela." Refrán.

Uno de los múltiples valores que desarrolla el ajedrez es la humildad. En este juego-ciencia-arte pronto se aprende aquello de que “siempre hay alguien mejor”. Así que cuando empiezas a valorar tu mejoría como positiva, óptima, adecuada, etc., o crees alcanzar un nivel considerablemente más alto, siempre hay algún resultado negativo, algún revés, alguna paliza que te propinan, que te empuja a pensar en abandonar el juego (¡qué iluso!). Todo ajedrecista lo sabe: somos esclavos y siempre hay un mayor nivel de conocimiento.

Pero también es muy gratificante (de nuevo alimento para el ego) enseñar ajedrez. Yo, que he enseñado muchas disciplinas y deportes, lo sé.

Anduve algún tiempo dándole vueltas al tarro, y decidí que uno de los personajes del Hechizo sería un maestro de ajedrez. Enseñaría ajedrez. ¿Cómo? Buceé por la bibliografía sobre entrenamiento y didáctica ajedrecística, asistí a un par de cursos, presencié lecciones on-line (videos en internet) y leí manuales de entrenamiento (alguno en inglés, ¡horror!). Llegué a la conclusión lógica de que, como dice el dicho, a capar se aprende capando, y a jugar al ajedrez…, pues eso. Pero yo no estaba satisfecho. Decidí que mi personaje impartiría “clases magistrales”. Dado los rasgos característicos de su personalidad, tenían que ser clases muy elaboradas, muy preparadas, muy específicas. Y decidí que antes de plasmarlo en el papel, era necesario vivirlo.

De nuevo recurrí a mis compañeros del club los Xuferos y los castigué (¡qué pacientes!) con un curso de varias sesiones sobre temas tácticos. Preparé una pequeña introducción teórica para cada motivo táctico, media docena de ejemplos prácticos y una docena de ejercicios a solucionar. Allí estaba yo, casi un principiante, dando “lecciones” a jugadores de una fuerza muy superior a la mía. No negaré que aguanté el tipo como pude, pero realmente estaba un poco avergonzado cada vez que le decía a P, o a A, o al maestro de todos RBR, que la clavada en cruz con los alfiles era fabulosa, que si el jaque doble descubierto era mortal de necesidad, que si la séptima absoluta siempre ganaba… Poco imaginan ellos lo inseguro que me sentía, el apuro que me daba,…, y lo necesaria y fructífera que fue aquella experiencia para El Hechizo. Pero lo hice, y creo que me salió bien. Aquella fue una de las tareas de documentación más elaboradas de toda la novela. Es dificilísimo dar clases magistrales de ajedrez.

Posteriormente preparé otro monográfico sobre una dudosa (malísima pero divertida) variante de la apertura Pereyra. Como complemento necesario, más bien, porque las aperturas son un corpus de conocimiento fundamental para el ajedrecista, aunque realmente para entonces el Hechizo ya casi estaba escrito.

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